Y se fueron las tristezas con el sol de primavera. La lluvia, sonríe y canta, el gorrioncillo gorjea... Y la flor de la pradera con sus perfumes encanta. Ya no percibo tristezas, sino una armonía santa.
Al hurgar en mi corazón bohemio, descubrí un saborcito amontonado, el de un ermitaño beso obstinado refugiado en la arteria del ensueño. ¿Quizás esté en la espera del llamado de quien de sus caricias es el dueño?